Picado por aquella rareza repentina, el corazón de la joven, naturalmente frío y aburrido aunque sensible a la ironía, se volvió tan apasionado como su naturaleza le permitía. Pero como también había mucho orgullo en Matilde y el brotar de su sentimiento hacía depender su felicidad de otra persona, fue acompañado de una sombría tristeza.
Julián había sacado ya suficiente provecho de su estancia en París como para darse cuenta de que su tristeza no era la tristeza seca que produce el tedio. No la veía ávida, como otras veces, de asistir a bailes, espectáculos y distracciones de todas clases; al contrario, las rehuía.
Stendhal, Rojo y Negro

