Mis dos alter egos en Facebook se están revelando como una fuente insospechada de conocimientos sobre la naturaleza humana. Nuria y Marta no suelen hablar con nadie… salvo que se dirijan a ellas, pero aún así conocen gente.
Ayer, hoy, de madrugada, mientras esperaba a que terminara la lavadora, entré en la cuenta de Nuria y, como me aburría, abrí el chat de FB. Al otro lado del océano había un montón de gente despierta. Dos personas me abrieron conversación y mantuve dos diálogos paralelos pero diferentes con ellas. Tan diferentes, que me ha parecido interesante reseñarlo.
La primera persona, a la que llamaré Cram, no hizo preguntas: sólo un “hola” y a charlar. Jamás había hablado antes con él, pero no le importó no conocerme. Era un chileno estudiante de medicina que no quería saber, quería hablar.
La segunda persona, un mexicano al que llamaré Marc, sí hizo preguntas. Demasiadas. Empezando por un lógico “quién eres”, pero el tono que usaba al comentar era defensivo e inquisidor al mismo tiempo. Quería saber qué pasaba, qué quería yo, cuales eran mis intenciones, si iba armada. Me dieron ganas de decirle: “cállate un mes, tronco, cuéntame algo interesante o pírate de aquí, se consecuente”. Pero no podía serlo. Hay gente que no puede.
Cram me contó un montón de cosas interesantes: empezamos hablando de estudios y amistades (adapté mi realidad a la de Nuria). Cuando le dije “perdona, te estoy contando mi vida y a lo mejor no te importa” me contestó: “claro, somos amigos de Facebook, de eso se trata”. Hablamos de la ciudad fantasma de Argleton, de ahí al proyecto Filadelfia, de ahí a los problemas de la guerra, de ahí a la lacra de la religión, de ahí a considerar sociedades futuras (me explicó algo que no conocía, el proyecto Venus) y de unas cuantas cosas más que no me acuerdo. De Cram me despedí sincera; algo que parece un cortocircuito lógico tratándose de una personalidad ficticia, pero que no lo es.
Mientras Cram me contaba todo eso, Marc quería saber en qué trabajaba. Marc quería saber mi edad. Marc quería follarme aunque estuviera a miles de kilómetros de distancia y, al mismo tiempo, Marc se puso altivo cuando le dije que no sabía dónde estaba una ciudad de México. Marc vio cómo le cerraba la ventana de conversación cuando empezó a decirme que iba a viajar a España y que si vernos y que si tal que si cual.
Lo que me llama la atención es el contraste. En este mundo hay personas que no necesitan tener controlada la situación, saber qué está pasando, tener todos los cabos atados, para sentirse a gusto: sencillamente cabalgan lo que se les viene encima y disfrutan haciéndolo. Hay personas que no quieren nada de ti, que no demandan nada, que tampoco esperan nada. Personas que no te conocen pero les da igual, tampoco te juzgan. Personas que tienen algo interesante que contar, y lo hacen. Personas que tienen mucho que vivir, y lo viven. Sin hacer preguntas, sin pedirte nada, sin rendirte cuentas.
Hay otras que necesitan algo, como este Marc. Y lo buscan. A veces, con una desesperación aterradora. Y no aportan nada. No te dan nada, no te cuentan historias que no habías oído, no te hacen sonreír con alguna tontuna. Sólo exigen y exigen y exigen y, si no se lo das, se enfadan. Triste manera de ser, la de quien no puede seguir al vuelo el vuelo de quien le habla. Ni adaptarse. Ni entender que no estás ligando, estás charlando. Ni enseñarte algo interesante en cuarenta minutos de conversación. Ni ver que en el Cielo y en la Tierra, Horacio, hay cosas que escapan a nuestra filosofía, y que eso está bien.






